Dónde escribo

Escribo con vistas a Júpiter. De pequeña, iba a un jardín. Bueno, en realidad iba a una casa, a casa de mis abuelos, pero la casa tenía jardín, y ahí, en ese territorio sin más ley que la del viejo cortacésped que empuñaba mi abuelo, era donde campábamos asalvajados decenas de primos hermanos y segundos, aunque yo, que era más bien sosa y demasiado civilizada, fantaseaba con que el día saliera lluvioso para mirar melancólicamente por la ventana y quedarme a leer. Me encantaba aquella casa, me encantaba aquel jardín. Había tilos, una secuoya, un tejo, magnolios... y había un árbol de júpiter. Cuando el júpiter florecía, cuando sus flores fucsias estallaban en medio del jardín, era la hora de irse. Nunca un florecer fue tan triste. Ahora trabajo con vistas a un júpiter que este final de verano ha florecido estrepitosamente. Pero esta vez no seré yo quien se vaya. Me quedaré aquí, mirándolo, barreré los pétalos de sus flores cuando caigan, veré ruborizarse sus hojas hasta que sean ellas las que se vayan. Y aún no sé qué será más triste.

7 de septiembre de 2024

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